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¿IGUALDAD?1000 preguntas sobre la lucha contra la desigualdad
Una invitación a separar conceptos que suelen confundirse: igualdad, pobreza, bienestar, oportunidades y resultados.
Antes de empezar
Un ensayo construido a partir de preguntas
El objetivo del libro no es convertir una consigna en una respuesta automática, sino examinar qué entendemos por igualdad, dónde intentamos aplicarla y qué consecuencias puede producir cada decisión.
¿Perseguir la igualdad es lo más deseable?
Desde que tengo uso de razón he escuchado a los políticos hablar sobre justicia, bienestar, igualdad…, y muchos más términos abstractos que suenan realmente bien en un discurso electoral; pero que son realmente difíciles de medir y de llevar a la práctica en la vida cotidiana. Así que realmente… ¿qué es la justicia? ¿qué es el bienestar? ¿y qué es la igualdad?
Todos estos términos son tan subjetivos que se hace difícil poder analizarlos de forma general y llegar a una conclusión clara. Dependen enormemente de la cultura, de la época, el desarrollo de cada persona, etc. Conceptos como justicia, bienestar e igualdad han cambiado enormemente y en multitud de ocasiones desde los últimos 1000 años. Y también han variado enormemente según las zonas geográficas del planeta, las adversidades con las que creció cada generación, e incluso el nivel de educación de cada persona. Por ejemplo, en el feudalismo la sociedad estaba moralmente obligada a proporcionar a cada individuo los medios necesarios para mantener su posición social. No por beneficio personal, sino por el bien de la sociedad en su conjunto. Durante esta época, lo justo era que cada persona pudiera gastar de acuerdo a su nivel social. El concepto de bienestar estaba asociado no al hecho de ser una persona, sino a tu importancia en la jerarquía de la organización social. Incluso Santo Tomás de Aquino —que siempre defendió la caridad y la distribución de la riqueza— daba por hecho que quien tenía un trabajo más relevante dentro de la sociedad, tenía el derecho de gastar más. De hecho, durante muchos años, la igualdad nada tenía que ver con el derecho a poseer lo mismo que los demás. Ya que durante muchos años la riqueza no se basaba en el derecho a poseer, sino en el derecho a gastar.
Aun viéndolo desde esta perspectiva la igualdad era un concepto diferente. Estaba mal visto que un rey tuviera el mismo gasto que sus sirvientes. Incluso sus propios sirvientes lo veían mal. Así que se producía una situación alarmante de desigualdad cuando un noble, por haber dado de más a sus sirvientes, no tenía los recursos necesarios para ostentar nobleza. Por supuesto, la desigualdad evidente era que el noble no pudiera ser todo lo noble que correspondía para su cargo, mientras que el criado podía permitirse un lujo mayor que el que debía poder permitirse cualquier criado.
Sin irnos tan lejos, encontramos un ejemplo muy similar hace apenas sesenta años. Y es que hoy en día nos quejamos de la desigualdad laboral que había hace algunas décadas y desde el contexto actual lo vemos como algo evidentemente injusto. Pero lo que realmente sucedía hace sesenta años es que la mayoría de trabajos requerían fuerza física y aguantar grandes esfuerzos prolongados. Por eso el hombre tomaba la decisión de ir a trabajar y le ahorraba a su mujer el tener que someterse a un esfuerzo físico que difícilmente hubiera podido soportar. Desde este punto de vista, no es que existieran desigualdades laborales, sino que existía era un contexto completamente diferente, con medios completamente diferentes, y una mentalidad diferente, derivada principalmente de estos factores.
Aun así, sea cual sea la definición que le demos a cada uno de estos términos, entiendo que es completamente lícito buscar la mayor justicia y el mayor bienestar para la sociedad. Repito: independientemente del contexto en el que tratemos estos asuntos.
Sin embargo hay un término que está muy de moda últimamente y que yo no llego a entender del todo:
Es un término que se ha vuelto altamente popular en las últimas décadas. Hablar de igualdad confiere una falsa ilusión de empatía a nivel burocrático y te sitúa un escalón más arriba en la escala moral de los partidos políticos. Así, las masas hemos adoptado este discurso de forma inconsciente a fuerza de repetición en el discurso político. No solo la repetición ha sido un factor clave; también tiene mucho que ver la psicología. Ya que es psicológicamente difícil oponerse a la idea de igualdad. No hay ni una sola persona que cuando oye por primera vez una propuesta de igualdad económica diga: «no, joder, yo no quiero que el pobre viva bien» —quizás solo algún político piensa así… puesto que para los políticos las personas que dependen del Estado son una fuente asegurada de votos—. Pero más allá de eso, no hay nada en nuestra genética ni en nuestra capacidad de razonar que se oponga a buscar el mayor bienestar para todas las personas posibles. No hay resistencia alguna a pensar de forma inconsciente que la igualdad es buena. Seguimos un proceso mental automático tal que: yo quiero vivir mejor → seguro que el resto quiere vivir mejor → hay gente que merece vivir mejor → hay gente que vive demasiado bien → ¿por qué no pueden compartir su exceso de riqueza con los que no viven igual de bien? → tenemos que avanzar hacia una mayor igualdad.
Esta es la explicación que yo le encuentro a la frecuente búsqueda de igualdad en nuestros días. Al comienzo pensaba que esta igualdad no tiene nada de malo. Pero con el tiempo me han ido surgiendo bastantes dudas al respecto. Si bien no pretendo responder todas ellas —porque no tengo respuesta—, quiero dejarlas escritas para el lector que todavía no haya llegado a plantearse algunas de estas cuestiones. Con suerte algún otro lector más avanzado en el planteamiento de estos temas podrá darnos respuestas más adelante.
De este modo, aunque hoy en día la búsqueda de la igualdad me parece pura demagogia, no pretendo criticar todas estas políticas socio-económicas de forma específica ni con un argumento sólido. Solo pretendo plasmar por escrito las preguntas que me han llevado a pensar esto. Siempre hablando desde mi ignorancia sobre el tema. Así, la primera pregunta que yo me hago es la más básica de todas:
¿Perseguir la igualdad es lo más deseable?
Aquí ya surgen mis primeras dudas.
Si analizamos el proceso de pensamiento expuesto anteriormente «yo quiero vivir mejor → seguro que el resto quiere vivir mejor → hay gente que merece vivir mejor → hay gente que vive demasiado bien → ¿por qué no pueden compartir su exceso de riqueza con los que no viven igual de bien? → tenemos que avanzar hacia una mayor igualdad» nos damos cuenta de que la igualdad no es nuestra preocupación primera, sino el bienestar de las personas vulnerables.
Hay quien podría decir que la igualdad tiene mucho que ver con la lucha contra la precariedad. Pero si nos paramos a pensarlo mejor nos daremos cuenta de que tan solo es una falacia creada por nuestra mente. La igualdad nada tiene que ver con la pobreza. La igualdad, tal como se entiende hoy en día, tiene que ver con el reparto de la riqueza. Pero no tiene nada que ver con la lucha contra la precariedad.
Imagínate que eres profesor y tienes en clase a un alumno que saca siempre 1/10 o un 2/10 en los exámenes. Desde luego este alumno sería una preocupación. Pero tu preocupación no se basa en que hay gente que saca muy buenas notas y otros que sacan muy malas notas. Tú te alegrarás de que haya gente sacando buenas notas, e intentarás ayudar con clases de apoyo —o los medios a tu alcance— a los alumnos que sacan malas calificaciones. La igualdad no es una preocupación real. La preocupación real es ayudar al desfavorecido y a las personas vulnerables. Y con eso estoy totalmente de acuerdo.
Me parece que es propio de cualquier sociedad civilizada ayudar a las personas más necesitadas. Y sería totalmente intolerable no hacerlo. Pero esto no pasa por buscar la igualdad, sino por mejorar las condiciones de quienes se sitúan en el percentil inferior de la escala socio-económica. En este sentido no creo que la igualdad sea lo que hay que buscar a toda costa, sino el crecimiento dquien menos recursos y medios tiene.
Lo que se busca en los países subdesarrollados no es que todos vivan igual, con las mismas condiciones, educación y recursos. Lo deseable para estos países es que todos sus habitantes incrementen notablemente su calidad de vida. Hasta niveles en los que se supere el umbral de pobreza y todos puedan vivir de manera digna, independientemente de que algunas personas vivan de manera más digna que otras.
A veces esto es difícil de entender porque la economía es una disciplina engañosa. La economía no es un juego de suma cero, en donde unos ganan y otros pierden. Es un sistema de intercambio de recursos y servicios a nivel global en constante crecimiento. Del mismo modo en que no hace falta quitarle nota al superdotado de clase para que el alumno despistado saque mejores calificaciones, no es necesario sustraer recursos de aquellos que más tienen para ayudar a quien menos tiene. De hecho, imagínate que al alumno que saca siempre un diez le quitas en cada examen dos puntos de su nota para que pueda aprobar el alumno más torpe. ¿No crees que ese primer alumno dejaría de mostrar interés en los estudios, y se conformaría con sacar un ocho, para que así no le quites puntos de su calificación? ¿No es mejor idea tener a los buenos alumnos motivados e incentivarlos para que ayuden a los alumnos más torpes a comprender mejor la lección? ¿Por qué restarías calificación a los buenos alumnos para ayudar a los peores estudiantes? De esta forma desincentivas a estudiar tanto a los buenos como a los malos estudiantes. A unos porque si sacan muy buenas notas, les vas a quitar puntos. Y a otros porque si lo hacen desastrosamente mal tendrán una ayuda externa. En cambio, si lo hacen de forma mediocre, no recibirán ninguna ayuda.
Imagínate un examen que requiere estudiar 10h para sacar un 10/10.
En un examen así, basta con estudiar 1h para acertar dos o tres preguntas que te suenen por haber leído el temario. Si estudias 3h, es muy probable que por suerte contestes bien las suficientes preguntas para sacar un 5/10 —o al menos quedarte cerca—. Con 5h de estudio en un examen así, es fácil sacar un 7/10 o un 8/10. Y las 5h restantes serán solo necesarias si quieres asegurarte de que has memorizado al milímetro todos los detalles del temario, para sacar un 10/10. De esta forma, si estudias 1h para sacar un 3/10 y luego el profesor te regala la nota faltante, estarás conforme con sacar un 5/10 habiendo estudiando 1h. Ningún estudiante tendrá incentivo para estudiar durante 4h para sacar un 6/10, porque la diferencia en resultados es mínima en comparación al esfuerzo requerido. Por otro lado, el que es buen estudiante tendrá un desincentivo gigante a no estudiar todo lo que puede. Porque si estudia 10h y saca un 10/10 le van a restar calificación de su examen para que un compañero más vago apruebe. Lo que hará cualquier estudiante inteligente es estudiar 5h ó 6h para sacar un 8/10. Así, aunque el profesor le reste un poco de su nota para dársela a sus compañeros, no habrá invertido tanto esfuerzo y la pérdida no será tan grande.
Sin apartarnos de este ejemplo… digo yo: ¿no sería mejor incentivar a los buenos estudiantes para que ayuden a los alumnos más torpes? ¿y si en vez de lastrar a los buenos estudiantes para elevar a los malos estudiantes intentamos, sin buscar la igualdad, impulsar a los estudiantes más rezagados para que saquen mejores calificaciones?
En un aula así, este reto no pasa por regalar calificación a los malos estudiantes, sino por explicarles mejor la lección, asegurándonos de que acumulan conocimiento para seguir aprobando los siguientes exámenes.
Este mismo planteamiento se puede trasladar también a la economía. Como no es un juego de suma cero, no hace falta restar a los buenos para elevar a los peores. De hecho, en una economía bien regulada, el crecimiento de los mejores ayuda enormemente a las personas más desfavorecidas. Si no, piensa por un momento en la accesibilidad a mejores condiciones de vida que nos han proporcionado las grandes empresas: que Amazon pueda entregar un pedido en cualquier parte de mundo o que Microsoft lleve décadas proporcionándonos ordenadores, lejos de ser una injusticia que hay que frenar, es una ventaja enorme para todo el mundo. Especialmente para la clase media y baja de la sociedad, que antaño no podía permitirse pagar el transporte de un producto fuera de su ciudad, o que no tenía acceso a tanta información como podía tener una multinacional o un Estado.
Aun así, hay Estados que en su búsqueda por la igualdad se encargan de lastrar el crecimiento de los mejores. De esta forma desincentivan a los grandes empresarios a seguir trabajando —como al niño que apunta a sacar un 10/10— y perjudican a los más vulnerables al evitar el desarrollo de algunos productos o tecnologías que podrían hacer su vida más fácil.
¿Cuánto es el desincentivo que tienen los más ricos para no seguir trabajando —porque no están dispuestos a pagar todavía más impuestos al incrementar el beneficio de su trabajo—? Pues no lo sé. Me atrevería a decir que este desincentivo es pequeño. Sin embargo, por pequeño que sea, ya están privando a la clase más vulnerable de algunos desarrollos e innovaciones que podrían ser realmente útiles para su vida.
Tras hacer este rápido análisis de la situación, llego a la conclusión de que buscar la igualdad no es deseable en primera instancia. Lo deseable es buscar la protección de las personas vulnerables.
Como profesor puede ser que te preocupe la disparidad de calificaciones que hay dentro del aula. Y puede ser que te sorprenda que algunos alumnos son capaces de sacar siempre sobresaliente mientras que otros suspenden todos los exámenes. Pero para abordar esta disparidad de notas tienes tres posibilidades:
Cualquier profesor razonable, entendiendo cómo funcionan las calificaciones, ni siquiera va a plantearse buscar la igualdad. Lo que buscará será elevar las calificaciones del alumno que saca malas notas. Por esto me sorprende tanto la insistencia en la búsqueda de igualdad económica. Quienes proponen esto o bien no son razonables —porque están eligiendo la opción del medio como la mejor alternativa—, o bien no entienden cómo funciona la economía.
¿Propuestas?
Con esta propuesta no pretendo dar una solución perfecta al problema de la economía y su conflicto con la igualdad. Solo planteo una posibilidad diferente. Para que podamos entender que hay más medidas económicas potencialmente igual de buenas —o mejores— que no ponen el foco en combatir la desigualdad:
En una economía planteada de manera diferente podría eliminarse cualquier impuesto al trabajo y a los bienes de primera necesidad, y se aumentarían los impuestos sobre los bienes de segunda y tercera necesidad.
Imagínate lo siguiente: Una empresa en España con 20 trabajadores —que cobran el salario medio— paga casi 1.000.000 de euros anuales —900.000 € en realidad—. Por mantener a su plantilla —sin impuestos— ahora pasa a tener un coste aproximado de 450.000 euros. Una bandeja de carne que te cuesta 15 euros pasa a costar 12 euros. Comprar tu primera vivienda te cuesta 250.000 euros en vez de 300.000. En cambio, comprar la nueva PS5 te cuesta 700 euros en vez de 600; y comprar ropa de marca pasa a costar 120 euros en vez de 100 euros. De esta manera, el empresario, por menos coste, podría pagar el mismo salario a sus trabajadores. Y mientras contratar trabajadores sea rentable para el empresario, podrá seguir haciéndolo. En este ejemplo el empresario tiene ahora un margen de unos 450.000 € —el doble— para seguir contratando personal mientras le salga a cuentas. Y es que hoy en día en España, para que un trabajador tenga 23.000 € de ingresos anuales —el salario neto medio, el equivalente a unos 30.000 € brutos—, el empresario tiene que asumir un coste de 45.000 €. Con este coste de contratación la empresa tiene que hacer sus cuentas e intentar contratar al número exacto de personas acorde a su volumen de trabajo. Además, tiene que acertar en seleccionar a personas lo suficientemente productivas como para sacar un pequeño margen de beneficio en su coste por hora. Es decir, que mientras tener a gente en plantilla deje margen de beneficio empresarial, podrá seguir contratando. En este caso si su coste se reduce a la mitad, aunque la gente no sea tan productiva, podría contratar al doble de personas por el mismo coste, sin tener que modificar sus precios o su modo de producción.
También existe otra posibilidad: el empresario que busque talento en vez de cantidad también podrá competir elevando el salario que ofrece para cada trabajador. Y esto repercutiría en un mayor estímulo de la economía.
Por otro lado, al quitar los impuestos de los bienes de primera necesidad (comida, primera vivienda, ropa, educación…) todo el mundo tendría más acceso a los mismos. Especialmente las clases más desfavorecidas. El empresario que no baje el precio y quiera obtener un mayor margen de beneficio tendrá que competir contra otros empresarios que estarán dispuestos a dejar el precio sin impuestos para atraer a más clientes. Además, aumentando los impuestos de los bienes no necesarios la gente estaría tributando en función de lo que consume. Es asumible pensar que el que más dinero gana es el que más consume. Por ende, el que tiene buenos ingresos estará pagando muchos más impuestos que aquel que cobra el salario mínimo. Y también se abre la veda a que las personas que ganan mucho y no quieren gastar puedan re-invertir su beneficio en su propia compañía, o incluso en compañías ajenas, incentivando así un mayor desarrollo económico y fomentando la innovación.
¿No se ve este planteamiento mucho más justo, sin necesidad de buscar la igualdad política y demagógica de la que se habla hoy en día? ¿Qué necesidad hay de lastrar a las personas productivas en beneficio de las personas más improductivas? ¿No sería mejor dar libertad a las personas productivas para que produzcan? De esta forma el beneficio de las más desfavorecidas es triple:
- Por un lado se benefician de los avances e innovaciones del resto de la población.
- Los empresarios podrán contratar a más gente y, cuando lo crean necesario, podrán pagar mejores sueldos.
- Por último, el gobierno mantiene su recaudación. Se ahorraría una buena parte del gasto en partidas de desempleo —el 12% del presupuesto español— y se sumaría la recaudación de todo el gasto superfluo del resto de personas. Con este dinero podrían seguir ayudando a las personas que de verdad lo necesitan, mientras se benefician también de los avances e innovaciones tecnológicas. Estos avances, en la mayoría de ocasiones, van enfocados a cubrir una necesidad existente de manera más asequible para el consumidor —optimizando el proceso, la tecnología o el producto—.
Así, para ayudar a que las personas necesitadas tengan mejores condiciones de vida, no se necesita perseguir ningún tipo de igualdad. Se necesita perseguir el progreso y asegurar a cada ser humano un mínimo vital. De este mínimo vital, sin duda, estaríamos más cerca si eliminamos la recaudación estatal al comprar bienes necesarios como la comida, ropa básica y una primera vivienda. Por eso me da a mí la sensación de que no son los malvados empresarios sino los Estados los que no quieren cambiar esto.
Por un lado, tener a gente desfavorecida subsistiendo gracias a las ayudas del Estado es un aliciente inamovible para llevarte los votos de estas personas. Por otro, es más fácil explicar en una campaña electoral que vas a quitar dinero al rico para dárselo a los pobres que explicar todo este esquema que acabo de plasmar yo por escrito. Para la persona promedio entender un planteamiento diferente en el que se fomenta el empleo y la creación de riqueza por parte de las empresas es el equivalente a «mucho texto». Mientras que el planteamiento de Robin Hood lleva existiendo desde hace siglos y se apoya en algo tan básico como la envidia, la ira y la pereza humana: «¿Por qué ese tío va a vivir mejor que alguien pobre, e incluso mejor que yo, si no ha hecho nada para merecérselo? Quizás se ha esforzado algo más que yo, pero seguro que también ha tenido mucha suerte. Lo más justo es que reparta lo que tiene. Así todos tendremos las mismas oportunidades». Y con este sencillo discurso queda más que justificada la persecución de la igualdad a toda costa.
Por eso desde mi punto de vista la búsqueda de la igualdad no es una solución eficiente para luchar contra la pobreza. Si acaso, la búsqueda de la igualdad es una solución eficiente para calmar nuestra envidia. Es eficiente para tener la opinión que te conviene tener para tener la conciencia tranquila. Pero no soluciona nada. Tal como lo veo yo, no hay que luchar por eliminar la desigualdad, sino por eliminar la pobreza.
Ahora bien. Puede ser que tú no lo veas de este modo.
Puede ser que a través de tus propios razonamientos hayas llegado a la conclusión de que la desigualdad es un problema real y que hay que combatirla a toda costa. Bajo este punto de vista la persecución de la igualdad estaría totalmente justificada.
Ahora bien…