Fragmento gratuito
Lee el comienzo de Walden: «Economía»
En las primeras páginas de Walden: La vida en los bosques, Henry David Thoreau explica por qué decidió examinar su propia vida y cuestionar el precio que pagamos por las costumbres, las posesiones y el trabajo.
Este fragmento te permite conocer la voz y el ritmo de Thoreau para descubrir si realmente quieres continuar con el libro completo.
Este fragmento pertenece a la edición de DZHC. Puedes conocer sus características, temas y datos editoriales en la página completa del libro.

Edición completa
Empieza a leer ahora y continúa la obra completa en Amazon
Walden reúne dieciocho capítulos sobre vida sencilla, naturaleza, autonomía, trabajo, lectura y renovación personal.
Capítulo primero
Economía
Fragmento inicial de la obra.
Cuando escribí las siguientes páginas, o más bien la mayor parte de ellas, vivía solo en el bosque, a kilómetro y medio de cualquier vecino, en una casa que yo mismo había construido a orillas de la laguna de Walden, en Concord, Massachusetts, y me ganaba la vida únicamente con el trabajo de mis manos. Viví allí dos años y dos meses. Ahora, una vez más, he vuelto a la civilización.
No expondría tanto mis asuntos personales ante mis lectores si no fuera porque mis conciudadanos han hecho preguntas muy concretas sobre mi modo de vida —que algunos calificarían de impertinentes, aunque a mí no me lo parecen en absoluto—; dadas las circunstancias, las considero muy naturales y pertinentes. Algunos han preguntado qué comía, si no me sentía solo, si no tenía miedo, y cosas por el estilo. Otros han sentido curiosidad por saber qué parte de mis ingresos destinaba a la caridad; y algunos, con familias numerosas, cuántos niños pobres mantenía. Por eso, pido a aquellos lectores que no tengan especial interés en mi persona que me disculpen si me dispongo a responder algunas de estas preguntas en este libro.
En la mayoría de los libros se omite el yo, la primera persona; en este se mantendrá: esa es, en cuanto al egotismo, la diferencia principal. Olvidamos con frecuencia que, al fin y al cabo, siempre es la primera persona la que habla. No hablaría tanto de mí mismo si conociera a alguien tan bien como me conozco a mí mismo. Por desgracia, la estrechez de mi experiencia me obliga a ceñirme a este tema.
Además, yo, por mi parte, exijo de todo escritor, tarde o temprano, un relato sencillo y sincero de su propia vida, y no solo lo que ha escuchado sobre la vida de otros; un relato semejante al que enviaría a sus familiares desde una tierra lejana, porque si ha vivido con sinceridad, para mí, necesariamente, ha debido de hacerlo en un país remoto. Quizá estas páginas estén dirigidas en especial a estudiantes pobres. El resto de mis lectores tomará para sí lo que les corresponda. Confío en que nadie fuerce las costuras al ponerse este abrigo, pues puede ser de gran utilidad a quien le quede bien.
Desearía decir algo, no tanto sobre los chinos y los habitantes de las islas Sandwich —nombre con el que entonces se conocía a Hawái—, sino sobre vosotros, los que leéis estas páginas y que, según se dice, vivís en Nueva Inglaterra —la región del noreste de Estados Unidos donde se encuentra Massachusetts—; algo acerca de vuestra situación, especialmente de vuestra condición externa, de vuestras circunstancias en este mundo, en esta ciudad: qué es, si es necesario que sea tan mala como es, si no podría mejorarse.
He recorrido bastante Concord, y en todas partes —en tiendas, oficinas y campos— he visto a los habitantes cumplir penitencia de mil maneras asombrosas. Lo que he oído sobre brahmanes —sacerdotes o ascetas de la tradición hindú— sentados entre cuatro fuegos y mirando de frente al sol; o colgados cabeza abajo sobre llamas; o contemplando el cielo por encima del hombro hasta que les resulta imposible recuperar su postura natural; o viviendo encadenados de por vida al pie de un árbol; incluso estas formas de penitencia consciente apenas resultan más increíbles y sorprendentes que las escenas que presencio a diario.
Los doce trabajos de Hércules fueron poca cosa en comparación con los que han emprendido mis vecinos; pues aquellos eran solo doce y tenían un final, pero nunca he visto que estos hombres hayan vencido o capturado monstruo alguno, ni que hayan concluido labor alguna. No tienen un amigo como Íolas que queme con hierro candente la raíz de la cabeza de la hidra; tan pronto como aplastan una cabeza, brotan dos más.
Veo a jóvenes de mi tierra cuya desgracia consiste en haber heredado granjas, casas, graneros, ganado y aperos de labranza; porque todo eso es más fácil de adquirir que de abandonar. Mejor les habría ido nacer en campo abierto y ser amamantados por una loba, para poder ver con mayor claridad qué clase de vida estaban llamados a vivir.
¿Quién los convirtió en siervos de la tierra? ¿Por qué han de consumir sus veinticuatro hectáreas, cuando al hombre solo le corresponde comer su puñado de tierra? ¿Por qué empezar a cavar su tumba desde el mismo día de su nacimiento? Tienen que vivir como hombres, empujando todas esas posesiones delante de sí y avanzando como pueden.
¡Cuántas pobres almas inmortales he visto casi aplastadas y asfixiadas bajo su carga, arrastrándose por el camino de la vida con un granero de veintitrés por doce metros, unos establos de Augías que nunca llegan a limpiarse, y cuarenta hectáreas de tierra entre cultivos, prados, pastos y bosques! Quienes no han recibido herencia, y por tanto no arrastran esas cargas innecesarias, ya tienen bastante trabajo con dominar y cultivar apenas unos cuantos pies cúbicos de carne.
Pero los hombres trabajan engañados. La mejor parte del hombre no tarda en quedar enterrada en la tierra, como abono. Por una aparente fatalidad, a la que suelen llamar necesidad, se dedican —como dice un viejo libro— a acumular tesoros que la polilla y el óxido corrompen, y que los ladrones asaltan y roban. Es una vida de necios, como descubrirán al final de ella, si no antes.
La mayoría de los hombres, incluso en este país relativamente libre, están tan ocupados por simple ignorancia y error en preocupaciones artificiales y trabajos innecesariamente duros que no pueden saborear los frutos más delicados de la vida. Sus dedos, endurecidos por el exceso de trabajo, se vuelven torpes y tiemblan demasiado para ello.
En realidad, el trabajador no tiene tiempo para practicar una auténtica integridad día tras día. No puede permitirse mantener relaciones más nobles con sus semejantes, porque entonces su trabajo perdería valor en el mercado. No tiene tiempo de ser otra cosa que una máquina. ¿Cómo va a recordar su propia ignorancia —algo necesario para crecer— quien se ve obligado a recurrir constantemente a lo que ya sabe? Deberíamos alimentarlo y vestirlo gratuitamente de vez en cuando, y reanimarlo con nuestro mejor aliento, antes de juzgarlo.
Las cualidades más finas de nuestra naturaleza, como el delicado polvillo que cubre algunos frutos, solo se conservan con el trato más cuidadoso. Y, sin embargo, ni a nosotros mismos ni a los demás nos tratamos con ese cuidado.
A veces me asombra que podamos ser tan frívolos como para ocuparnos de esa forma burda, aunque algo lejana, de servidumbre llamada esclavitud de los negros, cuando existen tantos amos sutiles y despiadados que esclavizan tanto al norte como al sur. Es duro tener un capataz sureño; peor aún es tener uno norteño; pero lo peor de todo es ser uno mismo su propio capataz.
La opinión pública es un tirano débil comparado con nuestra opinión privada. Lo que un hombre piensa de sí mismo determina —o, más bien, señala— su destino.
La mayoría de los hombres llevan vidas de silenciosa desesperación. Lo que se llama resignación no es más que desesperación confirmada.
De la ciudad desesperada se va al campo desesperado, y allí uno ha de consolarse con el valor de los visones y las ratas almizcleras. Incluso bajo los juegos y diversiones de la humanidad se esconde una desesperación inconsciente, aunque ya fijada por la costumbre. No hay verdadero juego en ellos, porque el juego viene después del trabajo. Pero es propio de la sabiduría no hacer cosas desesperadas.
Cuando consideramos cuál es, usando las palabras del catecismo, el fin principal del hombre, y cuáles son las verdaderas necesidades y los medios reales de la vida, parece como si los hombres hubieran elegido deliberadamente el modo común de vivir porque lo prefieren a cualquier otro. Sin embargo, creen sinceramente que no les queda otra opción.
Pero las naturalezas despiertas y sanas recuerdan que el sol salió claro. Nunca es demasiado tarde para abandonar nuestros prejuicios. Ninguna forma de pensar o de actuar, por antigua que sea, debe aceptarse sin prueba. Lo que hoy todos repiten o aceptan en silencio como verdad puede resultar falso mañana: simple humo de opinión, que algunos tomaron por una nube capaz de regar sus campos con lluvia fecunda.
Lo que los viejos dicen que no puedes hacer, lo intentas y descubres que sí puedes. Obras viejas para los viejos, y obras nuevas para los nuevos. Quizá los viejos no supieron en su día buscar leña fresca para mantener el fuego encendido; los nuevos ponen un poco de leña seca bajo una olla y dan la vuelta al mundo con la velocidad de los pájaros, de un modo que, como suele decirse, mataría a los viejos.
La edad no está mejor capacitada que la juventud para enseñar; ni siquiera lo está tanto, porque ha perdido más de lo que ha ganado. Casi podría dudarse de que el hombre más sabio haya aprendido algo de valor absoluto solo por haber vivido. En la práctica, los viejos no tienen consejos demasiado importantes que dar a los jóvenes, pues su experiencia ha sido parcial, y sus vidas, por razones privadas, han sido fracasos tan lamentables como ellos mismos deben de saber. Puede que aún les quede alguna fe que desmienta esa experiencia, y que solo sean menos jóvenes de lo que fueron.
He vivido unos treinta años en este planeta y aún no he escuchado la primera sílaba de un consejo valioso, ni siquiera serio, de mis mayores. No me han dicho nada, y probablemente nada puedan decirme que me sirva. He aquí la vida: un experimento que, en gran parte, todavía no he intentado por mí mismo; pero de nada me sirve que ellos lo hayan intentado antes. Si tengo alguna experiencia que considero valiosa, estoy seguro de que mis mentores jamás la mencionaron.
Un agricultor me dice: “No puedes vivir solo de alimentos vegetales, porque no aportan nada para formar huesos”; y así dedica religiosamente parte del día a procurar a su organismo la materia prima de los huesos, mientras camina detrás de sus bueyes, que, con huesos hechos de vegetales, lo arrastran a él y a su pesado arado pese a todos los obstáculos.
Algunas cosas son realmente necesarias para la vida en ciertos círculos, los más indefensos y enfermos, que en otros son simples lujos y en otros, más alejados todavía, son totalmente desconocidas.
A algunos les parece que todo el terreno de la vida humana ha sido ya recorrido por sus predecesores, tanto las cumbres como los valles, y que todo está previsto. Según Evelyn, “el sabio Salomón prescribió ordenanzas hasta para la distancia entre los árboles; y los pretores romanos decidieron cuántas veces puedes entrar en la tierra de tu vecino para recoger las bellotas caídas sin cometer delito, y qué parte corresponde a ese vecino”. Hipócrates incluso dejó instrucciones sobre cómo debemos cortarnos las uñas: al ras de la punta de los dedos, ni más cortas ni más largas.
Sin duda, el tedio y el hastío que presumen de haber agotado la variedad y las alegrías de la vida son tan antiguos como Adán. Pero las capacidades humanas nunca han sido medidas; y no debemos juzgar lo que puede hacer el hombre por los precedentes, pues se ha intentado muy poco. Sean cuales sean tus fracasos hasta ahora, “no te aflijas, hijo mío, pues ¿quién puede decirte lo que has dejado sin hacer?”.
Podríamos poner a prueba nuestras vidas con mil criterios sencillos. Por ejemplo: el mismo sol que madura mis judías ilumina al mismo tiempo un sistema de mundos semejantes al nuestro. Si hubiera recordado esto, me habría ahorrado algunos errores. No fue esa la luz bajo la cual las cultivé.
¡Las estrellas son los vértices de triángulos asombrosos! ¡Qué seres tan distantes y distintos, en las diversas moradas del universo, contemplan el mismo astro al mismo tiempo! La naturaleza y la vida humana son tan variadas como nuestras propias constituciones. ¿Quién puede decir qué horizonte ofrece la vida a otra persona? ¿Podría haber un milagro mayor que mirar, por un instante, a través de los ojos de otro? Viviríamos todas las edades del mundo en una hora; sí, todos los mundos de todos los tiempos. ¡Historia, poesía, mitología! No conozco forma de leer la experiencia ajena tan sobrecogedora e instructiva como sería esa.
La mayor parte de lo que mis vecinos llaman bueno, yo creo en el fondo que es malo; y si de algo me arrepiento, probablemente sea de mi buen comportamiento. ¿Qué demonio me poseyó para portarme tan bien? Puedes decir lo más sabio que sepas, anciano —tú, que has vivido setenta años no sin cierta clase de honor—, pero yo escucho una voz irresistible que me invita a alejarme de todo eso. Una generación abandona las empresas de otra como barcos encallados.
Creo que podríamos confiar mucho más de lo que confiamos. Podemos dispensarnos de tanto cuidado por nosotros mismos como cuidado entreguemos sinceramente a los demás. La naturaleza está tan bien adaptada a nuestra debilidad como a nuestra fortaleza.
La ansiedad y la tensión constantes que sufren algunos son una forma de enfermedad casi incurable. Estamos hechos para exagerar la importancia del trabajo que realizamos; y, sin embargo, ¡cuánto queda sin hacer por nosotros! ¿Y qué habría pasado si hubiéramos caído enfermos? ¡Qué vigilantes somos! Decididos a no vivir por fe si podemos evitarlo; todo el día en guardia, y por la noche, de mala gana, decimos nuestras oraciones y nos entregamos a la incertidumbre.
Nos aferramos a vivir con tal empeño, reverenciando nuestra vida y negando toda posibilidad de cambio. Decimos: este es el único camino. Pero hay tantos caminos como radios pueden trazarse desde un mismo centro. Todo cambio es un milagro digno de contemplarse; pero es un milagro que ocurre a cada instante. Confucio dijo: “Saber que sabemos lo que sabemos y saber que no sabemos lo que no sabemos: eso es el verdadero conocimiento”. Cuando un hombre ha logrado convertir un hecho de la imaginación en un hecho para su entendimiento, preveo que, con el tiempo, todos los hombres acabarán asentando sus vidas sobre esa misma base.
Pensemos por un momento en la naturaleza de la mayor parte de las preocupaciones y ansiedades a las que me he referido, y en hasta qué punto es realmente necesario que nos inquietemos o, al menos, que seamos cautos. Sería beneficioso vivir una vida primitiva y de frontera, incluso en medio de una civilización exterior, aunque solo fuera para aprender cuáles son las necesidades más elementales de la vida y qué métodos se han empleado para satisfacerlas. También serviría revisar los viejos libros de cuentas de los comerciantes y ver qué compraban los hombres con mayor frecuencia en las tiendas, qué almacenaban; en otras palabras, cuáles eran los víveres más básicos. Porque los avances de las épocas han influido poco en las leyes esenciales de la existencia humana, del mismo modo que nuestros esqueletos probablemente se distinguen muy poco de los de nuestros antepasados.
Por “necesidades de la vida” entiendo todo aquello que el hombre obtiene con su propio esfuerzo y que, desde el principio, o por una costumbre prolongada, se ha vuelto tan imprescindible para la vida humana que pocos, si es que alguno —ya sea por vida salvaje, por pobreza o por filosofía—, intentan prescindir de ello.
Para muchas criaturas, en este sentido, solo existe una necesidad vital: el alimento. Para el bisonte de la pradera bastan unos centímetros de hierba sabrosa y agua para beber, salvo que busque el refugio del bosque o la sombra de la montaña. Ningún animal requiere más que alimento y cobijo. Las necesidades de la vida para el ser humano, en este clima, pueden clasificarse con bastante precisión en alimento, refugio, vestido y combustible; pues solo cuando hemos asegurado estos elementos estamos en condiciones de abordar los verdaderos problemas de la vida con libertad y posibilidades de éxito.
El hombre ha inventado no solo casas, sino también ropa y comida cocinada. Y quizá, a partir del descubrimiento accidental del calor del fuego y de su uso posterior —al principio un lujo—, surgió la necesidad actual de sentarse junto a él. Vemos a gatos y perros adquirir esa misma segunda naturaleza.
Con un refugio y un vestido adecuados conservamos legítimamente nuestro propio calor interno; pero cuando hay un exceso de refugio, de vestido o de combustible —es decir, cuando el calor externo supera al interno—, ¿no es entonces cuando propiamente empieza la cocina?
Darwin, el naturalista, cuenta que los habitantes de Tierra del Fuego, mientras su propia expedición, bien abrigada y sentada junto al fuego, estaba lejos de sentir demasiado calor, permanecían desnudos a cierta distancia y, para sorpresa de los europeos, “chorreaban de sudor al soportar semejante asado”. Del mismo modo, se nos dice que el nativo de Nueva Holanda (nombre con el que entonces se designaba Australia) puede ir desnudo sin dificultad, mientras el europeo tirita bajo su ropa. ¿Es imposible reunir la resistencia de esos pueblos con la capacidad intelectual del hombre civilizado?
Según Liebig, el cuerpo humano es un horno, y el alimento, el combustible que mantiene la combustión interna en los pulmones. En tiempo frío comemos más; en tiempo cálido, menos. El calor animal es resultado de una combustión lenta, y la enfermedad y la muerte sobrevienen cuando esta se acelera demasiado; o cuando, por falta de combustible o por algún defecto en la ventilación, el fuego se apaga. Por supuesto, el calor vital no debe confundirse con el fuego; pero la analogía es válida hasta cierto punto.
Así, según la clasificación anterior, la expresión “vida animal” es casi sinónima de “calor animal”. El alimento puede considerarse el combustible que mantiene el fuego en nuestro interior; el combustible exterior sirve para preparar ese alimento o para aumentar el calor del cuerpo desde fuera; y el refugio y el vestido sirven, sobre todo, para conservar el calor generado y absorbido.
La gran necesidad de nuestro cuerpo, entonces, es mantenernos calientes: conservar en nuestro interior el calor vital. ¡Cuánto nos esforzamos, por tanto, no solo con el alimento, el vestido y el refugio, sino también con nuestras camas, que son como la ropa que llevamos por la noche! Robamos nidos y plumón de las aves para preparar este abrigo dentro del abrigo, igual que el topo hace su lecho de hierba y hojas al final de su madriguera.
El pobre suele lamentarse de que este es un mundo frío; y al frío, tanto físico como social, atribuimos directamente buena parte de nuestros males. El verano, en ciertos climas, permite al hombre llevar una vida casi paradisíaca. El combustible, salvo para cocinar los alimentos, se vuelve innecesario; el sol es su fuego, y muchos frutos quedan suficientemente cocidos por sus rayos. Además, el alimento suele ser más variado y fácil de obtener, y el vestido y el refugio resultan total o parcialmente superfluos.
Hoy en día, y en este país, según compruebo por mi propia experiencia, unos pocos utensilios —un cuchillo, un hacha, una pala, una carretilla y poco más—, y, para los estudiosos, luz de lámpara, papel y acceso a algunos libros, ocupan el lugar inmediatamente posterior a las necesidades básicas. Todo ello puede conseguirse a un coste ínfimo. Sin embargo, algunos, con poca sabiduría, cruzan el mundo hasta regiones remotas e insalubres y se dedican al comercio durante diez o veinte años, solo para poder vivir —es decir, para mantenerse cómodamente calientes— y, al final, morir en Nueva Inglaterra.
Los ricos que viven en el lujo no solo se mantienen cómodamente calientes, sino antinaturalmente caldeados; como insinué antes, están literalmente cocidos, aunque, por supuesto, de una manera elegante.
La mayoría de los lujos, y muchas de las llamadas comodidades de la vida, no solo no son indispensables, sino que constituyen auténticos obstáculos para la elevación de la humanidad. En lo que respecta a lujos y comodidades, los más sabios siempre han llevado una vida más sencilla y austera que los pobres.
Los antiguos filósofos —chinos, hindúes, persas y griegos— formaron una clase que, en riquezas exteriores, no fue más pobre que ninguna otra, y, en riquezas interiores, ninguna fue más rica. Poco sabemos de ellos, y resulta notable que sepamos tanto como sabemos. Lo mismo puede decirse de los reformadores y benefactores más recientes de la humanidad.
Nadie puede ser un observador imparcial y sabio de la vida humana si no contempla las cosas desde una posición que podríamos llamar pobreza voluntaria. De una vida de lujo, el fruto es el lujo, ya sea en la agricultura, el comercio, la literatura o el arte. Hoy abundan los profesores de filosofía, pero no los filósofos. Sin embargo, enseñar filosofía es admirable porque alguna vez fue admirable vivirla.
Ser filósofo no consiste solo en tener pensamientos sutiles, ni siquiera en fundar una escuela, sino en amar tanto la sabiduría que se viva según sus dictados: una vida de sencillez, independencia, magnanimidad y confianza. Consiste en resolver algunos de los problemas de la vida, no solo en teoría, sino en la práctica.
El éxito de los grandes eruditos y pensadores suele ser un éxito cortesano, no regio ni verdaderamente viril. Se las arreglan para vivir por simple conformidad, como hicieron sus padres, y no son, en modo alguno, los progenitores de una raza más noble de hombres. Pero ¿por qué degeneran alguna vez los hombres? ¿Qué hace que las familias se extingan? ¿Cuál es la naturaleza del lujo que debilita y destruye naciones? ¿Estamos seguros de que no hay algo de eso en nuestras propias vidas?
El filósofo está adelantado a su época incluso en la forma exterior de vivir. No se alimenta, se abriga, se viste ni se calienta como sus contemporáneos. ¿Cómo puede un hombre ser filósofo y no conservar su calor vital por métodos mejores que los demás?
Cuando un hombre ha conseguido calentarse por los distintos medios que he descrito, ¿qué busca a continuación? Seguramente no más calor del mismo tipo: más y mejor comida, casas más grandes y lujosas, ropas más finas y abundantes, fuegos más numerosos, constantes y ardientes, y cosas por el estilo. Cuando alguien ha conseguido lo necesario para vivir, existe una alternativa distinta a buscar lo superfluo: lanzarse a la vida, ahora que ha comenzado su descanso del trabajo más humilde.
Parece que la tierra es propicia para la semilla, pues esta ya ha enviado su raíz hacia abajo y ahora puede, con confianza, hacer crecer su brote hacia arriba. ¿Por qué se ha arraigado el hombre con tanta firmeza en la tierra, sino para poder elevarse en igual medida hacia el cielo? Las plantas más nobles se valoran por el fruto que finalmente ofrecen al aire y a la luz, lejos del suelo; no se las trata como a esos humildes comestibles que, aunque sean bienales, se cultivan solo hasta que perfeccionan su raíz y a menudo se les corta la parte superior por ese motivo, de modo que la mayoría no las reconocería en su época de floración.
No pretendo dictar normas a las naturalezas fuertes y valientes, que sabrán ocuparse de sus propios asuntos, ya sea en el cielo o en el infierno, y quizá construyan con más magnificencia y gasten con más generosidad que los más ricos sin empobrecerse jamás, sin saber siquiera cómo viven —si es que existen tales personas, como se ha soñado—. Tampoco me dirijo a quienes encuentran aliento e inspiración precisamente en el estado actual de las cosas y lo aprecian con el fervor y la pasión de los enamorados; y, en cierta medida, yo mismo me incluyo entre ellos.
No me dirijo a quienes están bien ocupados, en cualquier circunstancia, y saben si lo están o no, sino principalmente a la mayoría de los hombres: aquellos que están descontentos y se quejan ociosamente de la dureza de su suerte o de los tiempos, cuando podrían mejorarlos. Hay quienes se lamentan con más vehemencia e inconsolablemente que nadie porque, según dicen, están cumpliendo con su deber. Pienso también en esa clase aparentemente acaudalada, pero en realidad profundamente empobrecida, que ha acumulado riquezas sin saber cómo usarlas ni cómo deshacerse de ellas, y así ha forjado sus propias cadenas de oro o de plata.
Si intentara contar cómo he deseado pasar mi vida en años anteriores, probablemente sorprendería a quienes conocen algo de mi verdadera historia; y, sin duda, asombraría a quienes nada saben de ella. Solo insinuaré algunos de los proyectos que he acariciado.
En cualquier clima, a cualquier hora del día o de la noche, he procurado aprovechar el momento oportuno y hacer una muesca de él en mi bastón; permanecer en el punto de encuentro de dos eternidades, el pasado y el futuro, que es precisamente el presente; pisar esa línea. Disculpad si hay algunas oscuridades, pues mi oficio encierra más secretos que el de la mayoría de los hombres, no porque yo los guarde a propósito, sino porque son inseparables de su propia naturaleza. Con gusto revelaría todo lo que sé al respecto, y nunca pondría en mi puerta un letrero de “Prohibido el paso”.
Hace mucho tiempo perdí un sabueso, un caballo bayo y una tórtola, y aún sigo tras su pista. He hablado de ellos con muchos viajeros, describiendo sus huellas y las llamadas a las que respondían. He encontrado a uno o dos que dijeron haber oído al sabueso y el trote del caballo, e incluso haber visto a la tórtola desaparecer tras una nube; y parecían tan deseosos de recuperarlos como si fueran suyos.
Anticipar no solo la salida del sol y la aurora, sino, si fuera posible, a la propia naturaleza. ¡Cuántas mañanas, en verano y en invierno, antes de que ningún vecino se pusiera en marcha, yo ya estaba ocupado en mis asuntos! No cabe duda de que muchos de mis conciudadanos me han visto regresar de esas andanzas: agricultores que salían hacia Boston en la penumbra, o leñadores camino de su trabajo. Es cierto que nunca ayudé materialmente al sol a salir, pero no dudo de que lo verdaderamente importante era estar presente en ese momento.
Cuántos días de otoño —y también de invierno— pasé fuera del pueblo, tratando de escuchar qué traía el viento, para oírlo y transmitirlo de inmediato. Casi invertí en ello todo mi capital, y hasta perdí el aliento corriendo contra el viento. Si hubiera sido un asunto relacionado con alguno de los partidos políticos, podéis estar seguros de que habría aparecido en la Gazette como noticia de última hora. Otras veces vigilaba desde el observatorio de algún acantilado o de algún árbol, dispuesto a anunciar cualquier novedad; o esperaba al anochecer en la cima de las colinas a que el cielo se desplomara, con la esperanza de atrapar algo, aunque rara vez lo conseguía, y lo poco que lograba atrapar, como el maná, se deshacía de nuevo al sol.
Durante mucho tiempo fui reportero de un periódico de escasa circulación, cuyo editor nunca consideró oportuno publicar la mayor parte de mis colaboraciones; y, como suele ocurrirles a los escritores, no recibí más paga que mi propio esfuerzo. Sin embargo, en este caso, el esfuerzo fue su propia recompensa.
Durante años fui inspector autoproclamado de tormentas de nieve y de lluvia, y cumplí con mi deber con esmero; topógrafo, si no de caminos públicos, sí de senderos en el bosque y rutas a través de los campos, manteniéndolos abiertos, con sus barrancos provistos de puentes y transitables en toda época, allí donde el paso de la gente había demostrado su utilidad.
Me ocupé del ganado salvaje del pueblo, que da bastante trabajo a un pastor diligente por su costumbre de saltar cercas; y presté atención a los rincones y escondrijos menos frecuentados de la granja, aunque no siempre sabía si aquel día trabajaba Jonás o Salomón en tal o cual campo. Eso no era asunto mío. He regado el arándano rojo, la cereza de arena y el ortiguero, el pino rojo y el fresno negro, la uva blanca y la violeta amarilla, que de otro modo se habrían marchitado en las épocas secas.
En resumen, seguí así durante mucho tiempo —puedo decirlo sin vanidad—, ocupándome fielmente de mis asuntos, hasta que se hizo cada vez más evidente que mis conciudadanos no me admitirían entre los funcionarios del pueblo ni convertirían mi puesto en una sinecura con un modesto salario. Mis cuentas, que puedo jurar que he llevado con honestidad, jamás han sido revisadas; mucho menos aceptadas, y menos aún pagadas y saldadas. Sin embargo, no puse mi corazón en ello.
No hace mucho, un indio ambulante fue a vender cestas a la casa de un conocido abogado de mi vecindario.
—¿Quiere comprar alguna cesta? —preguntó.
—No, no queremos ninguna —fue la respuesta.
—¿Cómo? —exclamó el indio al salir por la puerta—. ¿Acaso quieren matarnos de hambre?
Al ver a sus industriosos vecinos blancos tan bien acomodados —el abogado solo tenía que tejer argumentos y, por algún arte mágico, la riqueza y la posición venían después—, se dijo: “Me dedicaré a los negocios; haré cestas; es algo que sé hacer”. Pensó que, una vez hechas las cestas, habría cumplido con su parte y que al blanco le correspondería comprarlas. No había descubierto que también era necesario hacer que al otro le resultara conveniente comprarlas, o al menos hacerle creer que así era, o bien fabricar algo que realmente mereciera la pena adquirir.
Yo también había tejido una especie de cesta de delicada factura, pero no había logrado que a nadie le pareciera valioso comprarla. Sin embargo, en mi caso, consideré que valía la pena tejerla; y, en vez de preocuparme por cómo lograr que otros quisieran comprar mis cestas, estudié más bien cómo evitar la necesidad de venderlas. La vida que los hombres elogian y consideran exitosa es solo una entre muchas. ¿Por qué habríamos de engrandecer un tipo de vida a costa de los demás?
Al ver que mis conciudadanos no parecían dispuestos a ofrecerme un puesto en el ayuntamiento ni ningún cargo o beneficio en otra parte, y que debía arreglármelas por mí mismo, volví mi mirada más que nunca hacia los bosques, donde era mejor conocido. Decidí emprender mi propio negocio de inmediato, sin esperar a reunir el capital habitual, y me valí de los escasos medios con los que ya contaba.
Mi propósito al ir a la laguna de Walden no era vivir allí de manera barata ni costosa, sino ocuparme de ciertos asuntos personales con la menor cantidad posible de obstáculos. Y que no pudiera llevarlos a cabo por falta de un poco de sentido común, de iniciativa o de aptitud para los negocios me habría parecido menos triste que insensato.
Siempre he procurado adquirir hábitos estrictos en los negocios; son indispensables para cualquier persona. Si tu comercio es con el Imperio Celeste —es decir, con China—, basta con una pequeña oficina en la costa, en algún puerto de Salem. Exportarás los productos que ofrece el país, bienes genuinamente autóctonos: mucho hielo, madera de pino y algo de granito, siempre en barcos de la tierra. Esos serán buenos negocios.
Encargarse personalmente de todos los detalles; ser al mismo tiempo piloto y capitán, propietario y asegurador; comprar, vender y llevar la contabilidad; leer cada carta recibida y redactar o leer cada carta enviada; supervisar día y noche la descarga de mercancías; estar presente en varios puntos de la costa casi al mismo tiempo —pues a menudo la carga más valiosa se desembarca en alguna playa de Nueva Jersey—; ser tu propio telégrafo, escudriñando sin descanso el horizonte y comunicándote con todos los barcos que navegan cerca de la costa.
Mantener un flujo constante de mercancías para abastecer un mercado tan lejano y exigente; estar al tanto del estado de los mercados, de las perspectivas de guerra y paz en todo el mundo, y anticipar las tendencias del comercio y la civilización. Aprovechar los resultados de todas las expediciones de exploración, utilizar nuevas rutas y todos los avances en la navegación; estudiar cartas náuticas, determinar la posición de arrecifes, nuevas señales y boyas; y siempre, siempre, corregir las tablas logarítmicas, pues por un error de cálculo la nave puede estrellarse contra una roca cuando debería haber llegado a un muelle seguro. Ahí está el destino desconocido de La Pérouse.
Mantenerse al ritmo de la ciencia universal, estudiando la vida de los grandes descubridores, navegantes, aventureros y comerciantes, desde Hannón y los fenicios hasta nuestros días. En fin, hacer inventario de vez en cuando, para saber en qué situación te encuentras. Es una labor que exige todas las facultades del ser humano: problemas de ganancias y pérdidas, intereses, tara y merma, y toda clase de mediciones, que requieren un conocimiento universal.
Continúa la lectura
El capítulo apenas ha comenzado
A partir de aquí, Thoreau profundiza en las necesidades de la vida, el coste de la vivienda, la ropa, la alimentación, el lujo y el valor del tiempo. Después, la obra se abre hacia la lectura, la soledad, los visitantes, los animales, las lagunas y el ciclo completo de las estaciones.
Consigue el libro completo
Continúa Walden desde el capítulo «Economía» hasta «Conclusión»
Compra la edición completa en Amazon y sigue la reflexión de Thoreau sobre la sencillez, la independencia y una vida deliberada.