Lectura gratuita · Capítulo 1 · DZHC Editorial

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Comienza la obra en la que Gustave Le Bon examina cómo cambia la conducta del individuo cuando pasa a formar parte de una multitud.

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La Multitud: Estudio de la Psicología de las Masas

Antes de empezar

Una obra clásica de psicología colectiva

Este fragmento pertenece a la edición de DZHC de la obra de Gustave Le Bon. El capítulo permite conocer directamente su método, su vocabulario y su interpretación de la mente colectiva.

Primer capítulo gratuito

Características Generales de las Multitudes

—Ley Psicológica de su Unidad Mental

Contenido del capítulo

  1. Qué constituye una multitud desde el punto de vista psicológicoUna simple aglomeración numerosa de individuos no basta para formar una multitud.
  2. La orientación común de ideas y sentimientosLa personalidad consciente se debilita y la multitud queda dominada por factores de los que no es consciente.
  3. Predominio de la actividad inconscienteLe Bon examina el contagio, la sugestibilidad y la transformación del individuo dentro del grupo.
  4. Descenso de la inteligencia y transformación de los sentimientosUna multitud puede actuar de forma criminal, pero también mostrar entusiasmo, sacrificio y heroísmo.

En su acepción común, la palabra “multitud” designa una reunión de personas, sin distinción de nacionalidad, profesión o sexo, y sin importar las circunstancias que las hayan congregado. Desde el punto de vista psicológico, sin embargo, el término adquiere un significado muy distinto. Bajo ciertas condiciones, y solo bajo ellas, una aglomeración de individuos presenta características nuevas, profundamente diferentes de las que manifiestan por separado. Los sentimientos y las ideas de todos los presentes se orientan en una misma dirección y su personalidad consciente se diluye. Surge así una mente colectiva, transitoria sin duda, pero con rasgos perfectamente definidos. Esa reunión se convierte entonces en lo que, a falta de un término mejor, llamaré una multitud organizada o, si se prefiere, una multitud psicológica. Forma un solo ser, sometido a la LEY DE LA UNIDAD MENTAL DE LAS MULTITUDES.

Es evidente que el simple hecho de que varios individuos se hallen reunidos por azar no basta para que adquieran el carácter de una multitud organizada. Mil personas congregadas accidentalmente en un espacio público, sin propósito común, no constituyen en absoluto una multitud desde el punto de vista psicológico. Para que surjan las características propias de la multitud, es indispensable la acción de ciertas causas predisponentes cuya naturaleza habremos de precisar.

La desaparición de la personalidad consciente y la orientación de sentimientos y pensamientos en una dirección definida, que son los rasgos primordiales de una multitud en vías de organizarse, no exigen necesariamente la presencia simultánea de los individuos en un mismo lugar. Miles de personas aisladas pueden, en determinados momentos y bajo el influjo de emociones intensas —como un gran acontecimiento nacional— adquirir las características de una multitud psicológica. Bastará entonces que el azar los reúna para que sus actos adquieran de inmediato el sello propio de las acciones colectivas. A veces, media docena de hombres pueden constituir una multitud psicológica, mientras que cientos reunidos por casualidad no llegan a formarla. Por el contrario, una nación entera, sin necesidad de aglomeración visible, puede convertirse en multitud bajo ciertas influencias.

Una vez constituida, la multitud psicológica adquiere ciertos rasgos generales, provisionales pero identificables. A estos se suman características particulares, variables según los elementos que la integran, que pueden modificar su constitución mental. Las multitudes psicológicas, por tanto, admiten clasificación; y cuando abordemos este tema, veremos que una multitud heterogénea —compuesta por elementos disímiles— comparte ciertos rasgos con las multitudes homogéneas —formadas por elementos más o menos afines (sectas, castas, clases)—, aunque junto a esas similitudes existen particularidades que permiten distinguir ambos tipos. Antes, sin embargo, de adentrarnos en las distintas categorías de multitudes, conviene examinar primero las características comunes a todas ellas. Procederemos como el naturalista, que comienza por describir los rasgos generales de una familia antes de ocuparse de las particularidades que distinguen los géneros y especies que la componen.

No resulta sencillo describir con precisión la mentalidad de las multitudes, pues su organización varía no solo según la raza y la composición, sino también en función de la naturaleza e intensidad de los estímulos que las afectan. Sin embargo, la misma dificultad se presenta en el estudio psicológico del individuo. Solo en las novelas encontramos personajes que atraviesan toda su vida con un carácter inmutable. Es la uniformidad del entorno la que da la ilusión de uniformidad en los caracteres. He mostrado en otra parte que toda constitución mental encierra posibilidades de carácter que pueden manifestarse ante un cambio brusco de ambiente. Así se explica que entre los miembros más feroces de la Convención Francesa se hallaran ciudadanos inofensivos que, en circunstancias normales, habrían sido pacíficos notarios o virtuosos magistrados. Pasada la tormenta, recobraban su habitual condición de ciudadanos tranquilos y respetuosos de la ley. Napoleón halló entre ellos a sus servidores más dóciles.

Dado que resulta imposible estudiar aquí todos los grados de organización de las multitudes, nos centraremos especialmente en aquellas que han alcanzado la fase de organización completa. Así veremos en qué pueden convertirse las multitudes, aunque no siempre sean así. Solo en esa etapa avanzada se superponen ciertos rasgos nuevos y especiales al carácter constante y dominante de la raza; es entonces cuando se produce esa orientación unánime de sentimientos y pensamientos ya mencionada. Solo bajo tales circunstancias entra en juego lo que he denominado la LEY PSICOLÓGICA DE LA UNIDAD MENTAL DE LAS MULTITUDES.

Entre las características psicológicas de las multitudes, algunas pueden encontrarse también en individuos aislados, mientras que otras son absolutamente exclusivas de las colectividades. Son estas peculiaridades las que estudiaremos primero, para subrayar su importancia.

La singularidad más notable de una multitud psicológica es la siguiente: sea cual sea la procedencia de sus miembros, por muy distintos que sean su modo de vida, ocupaciones, carácter o inteligencia, el hecho de haberse fundido en multitud les confiere una especie de mente colectiva que los lleva a sentir, pensar y actuar de manera radicalmente distinta a como lo harían en soledad. Hay ideas y sentimientos que solo surgen, o solo se traducen en actos, cuando los individuos forman parte de una multitud. La multitud psicológica es un ser provisional, compuesto por elementos heterogéneos que, por un instante, se combinan, del mismo modo que las células de un organismo vivo, al unirse, forman un nuevo ser con propiedades muy diferentes de las que poseen aisladamente.

En contra de lo que sorprendentemente sostuvo un filósofo tan perspicaz como Herbert Spencer, en la multitud no se produce una simple suma ni un promedio de sus elementos. Lo que realmente ocurre es una combinación que da lugar a nuevas características, igual que en química ciertos elementos —bases y ácidos, por ejemplo— al combinarse, originan un cuerpo nuevo con propiedades muy distintas de las de los elementos que le dieron origen.

Es fácil demostrar cuán diferente es el individuo integrado en una multitud respecto al individuo aislado, pero resulta mucho más difícil descubrir las causas de esa diferencia. Para vislumbrarlas, es preciso recordar ante todo una verdad establecida por la psicología moderna: los fenómenos inconscientes desempeñan un papel absolutamente preponderante no solo en la vida orgánica, sino también en las operaciones de la inteligencia. La vida consciente de la mente es de escasa importancia comparada con su vida inconsciente. El más sutil de los analistas, el más agudo observador, apenas logra descubrir una mínima parte de los motivos inconscientes que determinan su conducta. Nuestros actos conscientes son fruto de un sustrato inconsciente forjado principalmente por influencias hereditarias. Este sustrato está formado por las innumerables características comunes transmitidas de generación en generación, que constituyen el genio de una raza. Detrás de las causas declaradas de nuestros actos, sin duda, se ocultan otras secretas que no confesamos; pero tras esas causas ocultas hay aún muchas otras que nosotros mismos ignoramos. La mayor parte de nuestras acciones cotidianas obedece a motivos ocultos que escapan a nuestra percepción.

Es precisamente en esos elementos inconscientes que conforman el genio de una raza donde todos los individuos que la integran se asemejan, mientras que es en los elementos conscientes de su carácter —fruto de la educación y, aún más, de condiciones hereditarias excepcionales— donde difieren. Hombres muy distintos en cuanto a inteligencia comparten instintos, pasiones y sentimientos muy similares. En todo lo que pertenece al ámbito de los sentimientos —religión, política, moral, afectos y antipatías, etc.— los hombres más eminentes rara vez superan el nivel de los más comunes. Desde el punto de vista intelectual puede mediar un abismo entre un gran matemático y su zapatero, pero desde el punto de vista del carácter, la diferencia suele ser mínima o inexistente.

Son precisamente estas cualidades generales de carácter, regidas por fuerzas inconscientes y compartidas en grado semejante por la mayoría de los individuos normales de una raza, las que en las multitudes se convierten en patrimonio común. En la mente colectiva, las aptitudes intelectuales de los individuos —y por tanto su individualidad— se debilitan. Lo heterogéneo queda absorbido por lo homogéneo y las cualidades inconscientes prevalecen.

Este hecho, que las multitudes posean en común solo cualidades ordinarias, explica por qué nunca pueden realizar actos que exijan un alto nivel de inteligencia. Las decisiones sobre asuntos de interés general tomadas por una asamblea de hombres distinguidos, aunque sean especialistas en campos diversos, no son sensiblemente superiores a las que adoptaría un grupo de necios. En realidad, solo pueden aportar en común aquellas cualidades mediocres que son patrimonio de cualquier individuo promedio. En las multitudes se acumula la necedad, no la inteligencia. No es cierto, como se repite a menudo, que “todos juntos son más ingeniosos que Voltaire”; más bien es Voltaire quien tiene más ingenio que todos juntos, si por “todos” entendemos la multitud.

Si los individuos de una multitud se limitaran a poner en común sus cualidades ordinarias, el resultado sería solo un promedio, y no —como ocurre en realidad— la creación de características nuevas. ¿Cómo surgen estas nuevas características? Es lo que vamos a examinar ahora.

Diversas causas determinan la aparición de estos rasgos propios de las multitudes, ausentes en los individuos aislados. La primera es que el individuo, al formar parte de una multitud, adquiere, por el solo hecho del número, un sentimiento de poder invencible que le permite ceder a instintos que, estando solo, se vería obligado a reprimir. Además, al ser la multitud anónima y, por tanto, irresponsable, desaparece por completo el sentimiento de responsabilidad que siempre modera al individuo.

La segunda causa es el contagio, que también interviene en la manifestación y orientación de los rasgos propios de la multitud. El contagio es un fenómeno cuya existencia es fácil de constatar, aunque difícil de explicar. Debe situarse entre los fenómenos de orden hipnótico, que estudiaremos más adelante. En una multitud, todo sentimiento y acto es contagioso, y lo es hasta tal punto que un individuo sacrifica con facilidad su interés personal al interés colectivo. Esta disposición es muy contraria a su naturaleza y rara vez se da fuera del seno de la multitud.

Una tercera causa, y la más importante, es la sugestibilidad, de la cual el contagio mencionado no es más que un efecto. Para comprender este fenómeno, es necesario tener presentes ciertos hallazgos recientes de la fisiología. Hoy sabemos que, mediante diversos procedimientos, un individuo puede ser colocado en un estado tal que, habiendo perdido completamente su personalidad consciente, obedece todas las sugerencias del operador que se la ha arrebatado, llegando a realizar actos absolutamente contrarios a su carácter y costumbres. Las observaciones más cuidadosas parecen demostrar que un individuo inmerso durante cierto tiempo en una multitud en acción acaba encontrándose —ya sea por el influjo magnético de la multitud, ya por alguna otra causa que desconocemos— en un estado especial, muy semejante al de fascinación en que se halla el hipnotizado ante el hipnotizador. Al quedar paralizada la actividad cerebral del sujeto hipnotizado, este se convierte en esclavo de todas las actividades inconscientes de su médula espinal, que el hipnotizador dirige a su antojo. La personalidad consciente ha desaparecido por completo; la voluntad y el discernimiento se han perdido. Todos los sentimientos y pensamientos se orientan en la dirección determinada por el hipnotizador.

Así ocurre, en líneas generales, con el individuo integrado en una multitud psicológica. Ya no es dueño de sus actos. Como en el caso del hipnotizado, al tiempo que ciertas facultades se anulan, otras pueden alcanzar un alto grado de exaltación. Bajo el influjo de una sugestión, puede lanzarse a la ejecución de determinados actos con un ímpetu irresistible. Este ímpetu es aún mayor en las multitudes que en el sujeto hipnotizado, porque la sugestión, al ser común a todos los miembros, se refuerza por reciprocidad. Las individualidades capaces de resistir la sugestión son demasiado escasas para oponerse a la corriente. A lo sumo, pueden intentar desviar a la multitud mediante sugestiones alternativas. Así, por ejemplo, una frase afortunada o una imagen evocada oportunamente han logrado en ocasiones apartar a las multitudes de los actos más sanguinarios.

Vemos, pues, que la desaparición de la personalidad consciente, el predominio de la inconsciente, la orientación uniforme de sentimientos e ideas mediante sugestión y contagio, y la tendencia a transformar de inmediato las ideas sugeridas en actos, constituyen los rasgos principales del individuo que forma parte de una multitud. Ya no es él mismo: se ha convertido en un autómata, guiado por una voluntad ajena a la suya.

Además, por el solo hecho de integrarse en una multitud organizada, el hombre desciende varios peldaños en la escala de la civilización. Aislado, puede ser un individuo culto; en la multitud, es un bárbaro, es decir, un ser que actúa por instinto. Manifiesta la espontaneidad, la violencia, la ferocidad, pero también el entusiasmo y el heroísmo de los seres primitivos, a los que se asemeja aún más por la facilidad con que se deja impresionar por palabras e imágenes —que serían del todo ineficaces sobre cada uno de los individuos aislados— y por la tendencia a dejarse arrastrar a actos contrarios a sus intereses más evidentes y a sus hábitos más arraigados. Un individuo en una multitud es como un grano de arena entre otros, que el viento agita a su antojo.

Por estas razones, vemos a jurados dictar veredictos que cada uno de sus miembros, individualmente, desaprobaría; a asambleas parlamentarias aprobar leyes y medidas que sus integrantes rechazarían en privado. Tomados por separado, los hombres de la Convención eran ciudadanos ilustrados y pacíficos; reunidos en multitud, no vacilaron en respaldar las propuestas más crueles, en guillotinar a inocentes evidentes y, en contra de sus propios intereses, en renunciar a su inviolabilidad y exponerse a la autodestrucción.

No solo por sus actos el individuo en la multitud difiere esencialmente de sí mismo. Incluso antes de perder por completo su independencia, sus ideas y sentimientos ya han sufrido una transformación tan profunda que convierte al avaro en pródigo, al escéptico en creyente, al hombre honesto en criminal y al cobarde en héroe. La renuncia a todos sus privilegios que la nobleza votó, en un arrebato de entusiasmo, durante la célebre noche del 4 de agosto de 1789, jamás habría sido aceptada por ninguno de sus miembros considerados individualmente.

La conclusión que se desprende de todo lo anterior es que la multitud es siempre intelectualmente inferior al individuo aislado, pero que, desde el punto de vista de los sentimientos y de los actos que estos provocan, puede, según las circunstancias, ser mejor o peor que el individuo. Todo depende de la naturaleza de la sugestión a la que la multitud se vea sometida. Este es el aspecto que han pasado por alto quienes solo han estudiado las multitudes desde una óptica criminal. Es cierto que la multitud es a menudo criminal, pero también puede ser heroica. Son las multitudes, más que los individuos aislados, las que pueden ser llevadas a arriesgar la vida por el triunfo de una creencia o una idea, las que se enardecen por la gloria y el honor, las que —casi sin pan ni armas, como en tiempos de las Cruzadas— marchan a liberar el sepulcro de Cristo del infiel, o, como en el 93, a defender la patria. Ese heroísmo es, sin duda, en gran parte inconsciente, pero es de ese heroísmo de donde se nutre la historia. Si solo se reconocieran a los pueblos las grandes acciones realizadas en frío, los anales del mundo recogerían muy pocas.

Después del primer capítulo

La investigación sobre la mente colectiva acaba de comenzar

La edición completa continúa desde las características generales de la multitud hasta los mecanismos que forman sus creencias y los casos concretos en los que se manifiestan.

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Continúa con el análisis de las creencias colectivas, la persuasión, el liderazgo y los distintos tipos de multitudes en la edición completa.

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