
Descubre si esta novela es para ti · Expediente 06
Cómodestruirun país
Un rumor, una omisión y una realidad falsa. Lee el comienzo de una novela sobre el poder de controlar la información.
Antes de empezar
Una novela de ficción política
El relato convierte ideas sobre información, reputación, incentivos y poder en decisiones personales con consecuencias. El primer episodio comienza con un incidente aparentemente pequeño entre un grupo de amigos.
El rumor que lo inició todo
Desde que tengo uso de razón he odiado el ajedrez.
Hay gente a la que le resulta aburrido por su complejidad. A mí me resulta aburrido por su sencillez. ¿Se supone que este juego representa la estrategia y la táctica de dos bandos enfrentados? Esa sola comparación me parece un chiste. ¿Qué clase de ejército está tan bien comunicado y coordinado como las piezas de un tablero de ajedrez? Un juego tan simple como el ajedrez no es más que una burda imitación de la realidad. Se lo dejo a quienes se conformen con eso. Yo siempre he querido ir más allá. Entender de verdad el funcionamiento de la sociedad. Por eso me encuentro ahora mismo en el sofá de mi despacho, escribiendo las últimas páginas de este análisis que, de ser cierto, pondrá fin a ese experimento tan fascinante en el que llevo décadas inmerso. Si todo sale bien, este libro servirá para entender con plenitud las auténticas bases de nuestra organización social. De este modo, estoy a punto de mover las últimas piezas del tablero, antes de declarar el jaque mate. Estoy a punto de destruir un país.
Pero no voy a desvelar al lector tan pronto las conclusiones de mi experimento. Antes es apropiado ponerle en antecedentes. Para que pueda comprender, al terminar este libro, las causas de mi éxito.
El rumor que lo inició todo
Fue en mi undécimo cumpleaños la primera vez que experimenté aquella sensación. No sabría describirla del todo. Había adrenalina, desde luego. Pero también había algo más. Algo más parecido a la curiosidad intelectual que al miedo.
Los seres humanos no podemos saberlo todo. Ni siquiera podemos saber lo suficiente. Vivimos rodeados de datos incompletos: gestos ambiguos, frases escuchadas a medias, intenciones que nunca llegamos a comprobar… Pero tampoco podríamos vivir si nos detuviéramos a reconocer nuestra ignorancia cada vez que debemos tomar una decisión. Así que hacemos lo único que podemos hacer: rellenamos los espacios vacíos. Vemos un fragmento de realidad, inventamos el resto y actuamos como si hubiéramos visto el cuadro completo. Eso es lo que realmente gobierna el mundo. No la verdad, sino esa mezcla inestable de hechos, sospechas, recuerdos, prejuicios e hipótesis que cada persona confunde con la verdad.
El caso es que para mi celebración invité a mi grupo de amigos a merendar en un bar debajo de mi casa. Éramos trece, contándome a mí. Y también éramos el grupo de amigos más unido de toda la escuela. Siempre hacíamos planes juntos, e incluso estábamos en el mismo equipo de fútbol, aunque Raúl y Cristian solían quedarse siempre en el banquillo…
Este detalle terminó importando mucho más de lo que cualquiera podría haber pensado. Pero todavía no adquiría la relevancia que tendría unos días después.
Todo empezó porque durante la fiesta de cumpleaños me resbalé yendo hacia el baño y choqué con una silla en la que muchos de mis amigos habían dejado sus chaquetas. Aún puedo sentir el daño que me hice con aquel golpe. También recuerdo que algo con la forma de un sobre cayó del bolsillo de una de las chaquetas y se metió debajo de una máquina recreativa. Inmediatamente después, todos mis amigos y algunos padres se volvieron para ver qué había sido ese ruido.
—¿Qué ha sido ese ruido? —preguntó el padre de Luis.
—Creo que ha sido la máquina. Yo también me he asustado al escucharlo —respondí.
No sé muy bien por qué, pero en aquel momento me dio miedo y vergüenza admitir mi torpeza. No quería que nadie se preocupara por mí, así que me inventé la historia de que la máquina recreativa había hecho algún ruido extraño justo cuando yo pasaba por ahí. Nadie le dio más importancia, ni siquiera yo, hasta que llegó el final de la fiesta. Cuando ya estábamos por terminar el cumpleaños, todo mi grupo de amigos empezó a hablar sobre la nueva equipación de fútbol que me quería comprar. Yo les expliqué por qué me gustaba tanto y, cuando acabé la explicación, todos se levantaron para cantarme el cumpleaños feliz y darme una sorpresa: habían ahorrado un poco de dinero cada uno para poder ayudarme a comprar esta equipación que tanto quería. Todos se quedaron mirando a Raúl por un momento; éste se levantó de la silla y fue corriendo hacia su chaqueta, con el resto de amigos siguiéndole. Yo no sabía si ir o no ir, pero al final les seguí también. La exaltación de mis amigos duró poco. Después de una breve búsqueda por los bolsillos de su chaqueta, Raúl nos comunicó, con cara de preocupación, que no encontraba el sobre con el dinero que habían reunido.
En ese preciso momento recordé el golpe que me había dado con la silla, y entendí qué es lo que se había caído debajo de la máquina recreativa. Pero yo ya había contado delante de todos mis amigos y sus padres que ese ruido había sido de la máquina. Si ahora contaba que en realidad me había golpeado torpemente con la silla todos me tomarían por un mentiroso. Así que con gran tensión en el pecho, me quedé callado, esperando que este problema se resolviera sin tener que involucrarme a mí.
Raúl buscó más a fondo en su chaqueta, pero no encontró nada. Y todos mis amigos empezaron a preguntarse dónde estaba el sobre con el dinero.
—¿No te lo habrás gastado? —preguntó Luis a Raúl.
—¡¿Qué dices?! ¿Cómo me lo voy a gastar? —respondió Raúl con un gran tono de indignación.
—Pues justo el otro día nos contaste que te habías comprado un juego nuevo con algo del dinero que tenías ahorrado. ¿No habrás usado el dinero que teníamos preparado para el cumpleaños? —insistió Luis.
—¡Eso fue con mi dinero! Además, ¿para qué os contaría entonces que me había comprado un juego nuevo? ¿No será que alguno de vosotros se ha quedado con el sobre de dinero? —replicó Raúl.
En cuanto dijo aquello, la escena cambió. Ya no era un niño defendiendo su inocencia. Era un sospechoso acusando a los demás. Y en estos casos, una defensa mal planteada se parece mucho a una confesión.
Todo el grupo de amigos comenzó a buscar por los bolsillos de su chaqueta para demostrar que nadie tenía el sobre. Viendo esta conmoción, dos padres se acercaron a preguntar qué estaba pasando.
—Raúl no encuentra el sobre con dinero que habíamos preparado —explicó Cristian.
—Bueno, no os preocupéis. Con lo despistado que es, seguro que se lo ha olvidado en casa —intervino el padre de Raúl.
—¡No! —exclamó él. Estoy seguro de que lo he traído al cumpleaños. Me he asegurado varias veces.
—¿Entonces cómo explicas que no esté en tu chaqueta? —le contestó Luis.
Raúl se ponía cada vez más rojo, entre la vergüenza y la frustración de tantos dedos señalándole indirectamente. Esa fue otra lección interesante: los grupos no necesitan acusar en voz alta para condenar a alguien. Basta con un pequeño gesto, una mirada, o incluso un silencio grupal dirigido hacia la misma persona.
Algunos padres decidieron intervenir para calmar la situación. Todos acordaron que Raúl buscaría el dinero en casa y cuando lo encontrara me traería el regalo a la escuela. Esta conclusión consiguió tranquilizar a casi todos. Raúl era el único que parecía todavía insatisfecho con ella. Y tenía sus motivos para ello, naturalmente. Pero esos motivos no le servirían de nada.
El lunes siguiente todos esperaban que Raúl trajera el sobre con dinero a la escuela; pero no fue así. Una nueva discusión volvió a estallar entre el grupo de amigos. Luis siguió señalando a Raúl como culpable de haberse gastado el dinero. Raúl intentó defenderse. Replicó echando la culpa a Luis: si estaba tan seguro, igual era porque había robado el dinero de todos y quería hacerle ver a él como el culpable. Pero la situación no estaba a su favor. Luis volvió a insistir en que ya habían registrado las chaquetas de todos, y nadie tenía el dinero. Después terminó de volcar la culpa sobre él con una teoría que sonaba demasiado bien para ser ignorada: Raúl estaba molesto porque siempre se quedaba en el banquillo en los partidos de fútbol, así que realmente no quería poner dinero para un regalo del que él no formaba parte.
Este, sin duda, debió de ser uno de los días más negros en la vida de Raúl. Apostaría el dinero de aquel sobre a que todavía lo recuerda. A partir de este momento, las cosas solo fueron a peor para él. Empezó a extenderse por la escuela el rumor de que era un ladrón. Nuestro grupo de amigos se alejó de él, y los niños de otras clases se burlaban de que fuera un ladrón tan torpe.
Por mi parte, en ningún momento se me pasó por la cabeza confesar lo que había ocurrido realmente aquel día. Pero empecé a darme cuenta de algo interesante: en un asunto como este, no importaba la verdad, sino la narrativa que cada uno creaba con la información que tenía a su alcance. Y yo era el único que tenía la información completa: Raúl no había robado el dinero. Eso lo sabía yo. Pero también era evidente que los demás tenían razones para sospechar de él. Y también podía entender por qué Raúl se sentía completamente traicionado por su grupo de amigos. Cada uno tenía un fragmento razonable de la historia. Cada uno rellenaba los huecos que le faltaban. Y cada uno llegaba a una conclusión distinta. Luis, por su parte, estaba seguro de que Raúl había robado el dinero, guiado por la frustración de no jugar al fútbol con nosotros, y se había comprado un juego nuevo. Raúl también pensaba que Luis había robado el dinero y por eso le echaba la culpa con tanta seguridad. El resto de amigos y compañeros de la escuela, sin tener toda la información, empezaron a actuar basándose en una realidad falsa.
Raúl quedó aislado de todos los grupos de la escuela. Con el tiempo, sus padres decidieron cambiarle a otro colegio, donde podía empezar una vida nueva.
Aquel pequeño conflicto en nuestro grupo de amigos también marcó el comienzo de una vida nueva para mí: me obsesioné con entender cómo era posible que un rumor pudiera condicionar la realidad de una persona hasta cambiarla por completo.